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El movimiento estalló el 10 de octubre de 1868, al levantarse en
armas el abogado bayamés Carlos Manuel de Céspedes, uno de
los principales conspiradores, quien en su ingenio La Demajagua
proclamó la independencia y dio la libertad a sus esclavos. El alzamiento,
secundado poco después por los conspiradores de Camagüey y Las Villas,
logró afirmarse, no obstante la despiadada reacción hispana.
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Mientras los españoles de las ciudades,
agrupados en los cuerpos de voluntarios, sembraban el terror entre las
familias cubanas convirtiéndose en un influyente factor de las decisiones
políticas, el ejército colonial avanzaba sobre Bayamo -la capital insurrecta-,que
los cubanos tendrían que abandonar, no sin antes reducirla a cenizas como
expresión de su inclaudicable voluntad revolucionaria. En tan difíciles
condiciones, el movimiento independentista logró unificarse, aprobando
en Guáimaro la constitución que daba lugar a la República de Cuba en Armas.
El ejército libertador cubano, tras meses de duro aprendizaje militar,
alcanzó una capacidad ofensiva que se pondría de manifiesto en la invasión
de la rica región de Guantánamo por el General Máximo Gómez y las brillantes
acciones libradas en las sabanas camagüeyanas por la caballería al mando
de Ignacio Agramonte. Pero este avance militar se vio lastrado por las
diferencias políticas en el campo revolucionario, las cuales condujeron
a la deposición de Céspedes de su cargo de Presidente de la República
(1873) e impidieron el tan necesario apoyo en armas y medios de los patriotas
emigrados. Una influencia igualmente negativa ejerció la política de hostilidad
hacia los revolucionarios cubanos adoptada por el gobierno de Estados
Unidos que, frente a la gesta independentista, prefirió atenerse a su
vieja política confiado en que el destino de Cuba gravitaría indefectiblemente
hacia el dominio norteamericano.
El empuje militar cubano alcanzó su cenit entre 1874 y 1875, primero con
la campaña de Máximo Gómez en Camagüey, jalonada por los victoriosos combates
de La Sacra y Palo Seco y la batalla de Las Guásimas
-donde el ejército cubano derrotó una fuerza española de más de 4 000
hombres- y la posterior invasión a Las Villas por las tropas mambisas
al mando del genial general dominicano. Pero el trascendental avance estratégico
resultó desvirtuado nuevamente por las disensiones intestinas que, al
entorpecer la llegada de vitales refuerzos, posibilitaron que la invasión
se empantanase sin conseguir su objetivo de llevar la guerra al rico territorio
occidental de la Isla.
El debilitamiento del esfuerzo independentista coincidió con la recuperación
de la capacidad político-militar española, cuando la restauración monárquica
de 1876 puso fin a las violentas conmociones que habían caracterizado
la vida de la península tras la "revolución gloriosa" (1868)
y con la posterior proclamación de la república.
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El
desfavorable sesgo de la correlación de fuerzas y el desgaste en
el campo insurrecto, posibilitaron que un importante sector del
movimiento independentista aceptase las propuestas del General
español Arsenio Martínez Campos. La paz sin independencia firmada
en el Zanjón (1878) no obtuvo el consenso de las fuerzas mambisas
y en particular fue rechazada por el General Antonio Maceo,
jefe de las fuerzas de la parte más oriental de la Isla, quien,
no obstante su humilde origen, había escalado la más alta jerarquía
del Ejército Libertador a fuerza de valentía y capacidad combativa.
Aunque las acciones militares insurrectas no pudieron sostenerse
por mucho tiempo, la Protesta de Baraguá, escenificada por Maceo
y sus tropas, que encarnaban los sectores más populares del movimiento
revolucionario, constituyó la evidencia mayor de la irrevocable
voluntad de los cubanos de continuar la lucha por la independencia.
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En la década
de 1880, la Isla atravesaría por un proceso de grandes cambios económicos
y sociales. La esclavitud, muy quebrantada ya por la Revolución de 1868,
fue finalmente abolida por España en 1886. Ello estuvo acompañado por notables
transformaciones en la organización de la producción azucarera, la cual
alcanzaba definitivamente una etapa industrial. La dependencia comercial
cubana respecto a Estados Unidos se haría prácticamente absoluta, y los
capitales norteamericanos comenzaron a invertirse de manera creciente en
diversos sectores de la economía.
La burguesía insular, alejada de aspiraciones independentistas, había
dado lugar a dos formaciones políticas: el partido Liberal, más adelante
denominado Autonomista, que retomaba la vieja tendencia de conseguir reformas
del sistema colonial español hasta alcanzar fórmulas de autogobierno;
y el partido Unión Constitucional, expresión reaccionaria de los sectores
interesados en la plena integración de Cuba a España. El independentismo,
reafirmado en su base popular, sería alentado sobre todo desde la emigración.
Un primer estallido, la llamada "Guerra Chiquita" (1879), llevó
nuevamente a los cubanos al campo de batalla en los territorios orientales
y villareños, pero pudo ser sofocada después de algunos meses por su escasa
organización y débil coherencia política. A ella sucederían periódicos
desembarcos, conspiraciones y alzamientos, casi siempre encabezados por
los jefes militares de la Guerra de los Diez Años, los cuales fueron abortados
o sofocados por las autoridades españolas dada la incapacidad de articular
las acciones con un movimiento de masas amplio y unido. Esa sería la obra
de José Martí.
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Entregado desde su adolescencia al ideal independentista, José
Martí y Pérez (La Habana, 1853) sufrió prisión y destierro durante
la Guerra de los Diez Años.
Sus vínculos con movimientos conspirativos posteriores, le permitieron
comprender que la revolución cubana debía asentarse sobre nuevas
bases programáticas y organizativas, tarea a la cual se entregó
por entero.
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Dotado
de exquisita sensibilidad poética y brillantes facultades oratorias, Martí
poseía también un profundo pensamiento político, enriquecido por la experiencia
de sus años de vida en España, Estados Unidos y distintos países latinoamericanos.
Su labor de esclarecimiento y unificación, centrada en los núcleos de
emigrados cubanos, principalmente en Estados Unidos, pero con amplia repercusión
en la Isla, cristalizó en 1892 con la constitución del Partido Revolucionario
Cubano. Concebido como la organización única de todos los independentistas
cubanos, el partido debía conseguir los medios materiales y humanos para
la nueva empresa emancipadora, e investir a los jefes militares de la
imprescindible autoridad política para desencadenar la "Guerra Necesaria".
Esta estalló el 24 de febrero de 1895. Martí, que desembarcó en
Cuba acompañado por Máximo Gómez, Jefe del Ejército Libertador, caía poco
después en la acción de Dos Ríos. Pese a esta pérdida irreparable, la revolución
se desarrolló en la provincia de Oriente, donde Maceo -llegado en una
expedición desde Costa Rica- había asumido el mando de las fuerzas mambisas,
y se extendió poco después a Camagüey y Las Villas. Reunidos en Jimaguayú,
los delegados del Ejército Libertador elaboraron la constitución que regiría
los destinos de la República en Armas. La asamblea eligió presidente al
patricio camagüeyano Salvador Cisneros Betancourt y designó General en
Jefe y Lugarteniente General del Ejército Libertador a Máximo Gómez y
Antonio Maceo, respectivamente. Poco después, Maceo partía de Baraguá
al frente de una columna invasora que, unida a las fuerzas de Gómez que
aguardaban en Las Villas, debía avanzar sobre el occidente de la Isla.
Tras los exitosos combates de Mal Tiempo, Coliseo y Calimete, el contingente
invasor penetró en la provincia habanera, llevando el pánico a las autoridades
coloniales en la capital. Con la llegada de las fuerzas de Maceo a Mantua
-la población más occidental de Cuba-, la invasión cumplía exitosamente
su objetivo: la guerra hacía sentir sus devastadores efectos en toda la
Isla, cuyos principales renglones productivos experimentaron un brusco
descenso. En esta ocasión, España no podría extraer de Cuba los recursos
necesarios para combatir su independencia.
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Para enfrentar la insurrección generalizada, la metrópoli designó
Capitán General de la Isla a Valeriano Weyler, quien llegó a Cuba
y fue apoyado con cuantiosos refuerzos para desarrollar una guerra
de exterminio
Pese al elevado costo humano que entrañaba este tipo de contienda
-sobre todo por la reconcentración de la población campesina
en las ciudades-, Weyler no pudo contener la insurrección, la campaña
de Gómez en La Habana y la de Maceo en Pinar del Río mantendrían
en jaque al ejército colonialista.
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Aunque actuando en difíciles condiciones,
las fuerzas mambisas recibían con cierta periodicidad los recursos bélicos
remitidos desde la emigración por el Partido Revolucionario Cubano que,
unido al armamento arrebatado al enemigo, le permitían mantener su capacidad
combativa.
En diciembre de 1896 se produce la caída de Maceo en el combate de San
Pedro, y es sustituido en el cargo de Lugarteniente General del Ejército
Libertador por Calixto García, otro brillante general de la Guerra de
los Diez Años. Gómez decide entonces concentrar sobre sí lo mejor de las
fuerzas españolas, a las que somete a una demoledora campaña de desgaste
en el centro de la Isla. Deja así las manos libres a García, quien libra
importantes combates en Oriente, y logra la captura de las plazas fortificadas
de Tunas y Guisa. Mientras, en occidente se producen miles de acciones
de mediana y pequeña escala. La suerte del colonialismo español estaba
echada.
El desarrollo de la revolución en Cuba, visto con creciente simpatía por
el pueblo norteamericano, hacen que el 19 de abril ambas Cámaras del Congreso
estadounidense aprueben la Resolución Conjunta mediante la cual el gobierno
de Washington intervenia en el conflicto. Según el documento Cuba debia
ser libre e independiente y Estados Unidos se retiraria de la isla cuando
existieran las garantias de un gobierno estable. Cediendo en parte a presiones
estadounidenses, España otorga la autonomía a Cuba, medida tardía que
no surte el efecto esperado.
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Se
produce entonces -febrero de 1898- la explosión
del acorazado Maine en el puerto habanero, hecho que Washington
tomará como pretexto para movilizar la opinión pública e intervenir
directamente en la guerra.
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Aunque
admite formalmente la independencia de Cuba, sin reconocer sus instituciones,
Estados Unidos entra en guerra con España y, con la colaboración
de las fuerzas mambisas, desembarca sus tropas en la costa sur de la zona
oriental de Cuba. Las acciones se libran en torno a Santiago de Cuba.
La flota española ha quedado bloqueada en
el puerto santiaguero, intenta una salida en la cual es aniquilada por
la superioridad de las fuerzas navales norteamericanas. Tras el asalto
a las defensas externas de la ciudad por las fuerzas cubano-estadounidenses,
el mando español decide rendirse. Hecho sintomático: los jefes militares
cubanos, encabezados por Calixto García son excluidos del acto de rendición
y se prohíbe la entrada de sus fuerzas en la ciudad. Meses después, según
el Tratado de París, España traspasará Cuba a los Estados
Unidos sin que se tuviesen en cuenta para nada las instituciones representativas
del pueblo cubano.
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