El pueblo de Santiago de Cuba reafirmó, el 1 de enero de 1959, su decisión de defender la Revolución

                                           

Se abría una nueva y hermosa página en la historia de Cuba. Después de treinta años de lucha por su independencia del colonialismo español, de medio siglo de república colonial y de dos años de Guerra de Liberación Nacional, el pueblo cubano era, por primera vez, verdadero  dueño de su destino.

"El Ejército Rebelde –señaló el Comandante en Jefe en su Informe Central al Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba– fue el alma de la Revolución. De sus armas victoriosas emergió libre, hermosa, pujante e in­vencible la patria nueva. Sus soldados reivindicaron la sangre generosa vertida en todas las contiendas por la independencia y con la suya propia cimentaron el presente socialista de Cuba. Las armas arrebatadas a los opresores en épica lucha las entregaron al pueblo y con el pueblo se fundieron, para ser desde entonces y para siempre el pueblo armado"[1].

Al finalizar la guerra, las estructuras, composición y equipamiento de las unidades del Ejército Rebelde tenían distintas características, debido al diferente grado de desarrollo alcanzado en cada territorio. Existían columnas integradas por compañías que a su vez estaban compuestas por pelotones, y columnas formadas simplemente por pelotones. Algunos frentes tenían, además, la organización de capitanías, y en muchos existían destacamentos independientes, subordinados directamente a las jefaturas de los frentes y a las de las columnas o solo a estas últimas.

La esclarecedora información de Fidel al pueblo en el parque Céspedes en Santiago de Cuba, el 1 de enero de 1959, patentizó que la defensa del país no sería, en lo adelante, atributo exclusivo de las instituciones armadas profesionales, sino una tarea de todo el pueblo que, en última instancia, sería el único garante de la victoria alcanzada.

Al concluir aquel acto, la columna de combatientes rebeldes –a la que se incorporaron fuerzas del ejército anterior– encabezada por el Comandante en Jefe, inició la marcha hacia el occidente del país. A su paso incorporó otras fuerzas del antiguo ejército, y fueron constituidas las autoridades provisionales en las ciudades más importantes, lo que garantizó la unidad nacional ante cualquier contingencia.

El mismo día 1 de enero, el Comandante en Jefe nombró al coronel José M. Rego Rubido –el cual había quedado al frente del cuartel Moncada y se había incorporado con sus tropas a la Revolución–, como jefe del Estado Mayor del Ejército; todo esto, con la aprobación del presidente Manuel Urrutia, quién lo oficializó días después.

Con la construcción de la Ciudad Escolar, en el Caney de las Mercedes, el Ejército Rebelde corroboró su participación en las transformaciones socioeconómicas del país.

Al siguiente día, en dos comunicados, se mencionaba la existencia del Mando Conjunto Revolucionario y de las fuerzas que lo integraban: el Ejército, la Marina de Guerra, la Policía Nacional y el Movimiento Revolucionario de Liberación, ambos firmados por Rego Rubido en su nuevo cargo, y por el comandante Raúl Castro Ruz como jefe de las Fuerzas de Oriente.

El día 3, Urrutia designó oficialmente a Fidel como Comandante en jefe de las Fuerzas de Tierra, Mar y Aire del país, al comandante Gaspar Brooks –del antiguo cuerpo–, en el cargo de jefe de la Marina de Guerra, y al comandante Efigenio Ameijeiras, como jefe de la Policía Nacional Revolucionaria.

En el curso de tres días, el Ejército Rebelde tomó el mando de todas las guarniciones militares del país y en la medianoche del 4 de enero concluyó la huelga general convocada por Fidel. De esta manera, el poder de la Revolución se consolidaba.

La dirección revolucionaria tomó medidas para evitar la división de las fuerzas representantes de diferentes sectores de la sociedad que habían contribuido al triunfo revolucionario. El logro de la unidad se hizo posible gracias a la autoridad de Fidel, a su prestigio como jefe de la Revolución, capaz de aglutinar alrededor del Ejército Rebelde, a grupos, organizaciones y partidos políticos que se habían opuesto al régimen tiránico. En este proceso primó la persuasión política, la fuerza de los principios y el indiscutible prestigio del Ejército Rebelde.

La reorganización de los institutos armados se desarrolló a partir de un conjunto de medidas dirigidas a liquidar definitivamente el aparato militar de la oligarquía capitalista y en su lugar construir las fuerzas armadas revolucionarias, que tendrían un carácter netamente popular, y se encargarían de defender a la Revolución en el poder.

El 11 de enero el comandante Raúl Castro se hacía cargo del antiguo Estado Mayor Conjunto (EMC) en el campamento militar de Columbia, y ese mismo día, el Gobierno Revolucionario ordenó la retirada de las tres misiones militares norteamericanas existentes en el país.

Diferentes cargos de mando fueron ocupados por miembros del Ejército Rebelde. El comandante Augusto Martínez Sánchez fue designado como titular del Ministerio de Defensa y el 19 de enero, el comandante Camilo Cienfuegos –quien era jefe de las Fuerzas de Tierra, Mar y Aire de la provincia de La Habana–, fue nombrado además, jefe del Estado Mayor del Ejército Rebelde.

Por Decreto No. 377 del 2 de febrero, el comandante Raúl Castro Ruz fue nombrado segundo jefe de las Fuerzas de Tierra, Mar y Aire de la República de Cuba, y el día 13, además,  asumió la jefatura de la Comandancia General de las FAR (CGFAR), órgano que sustituyó las funciones del antiguo Estado Mayor Conjunto  y desempeñó la máxima dirección militar del país.

Con el fin de asegurar que la institución militar estuviera al servicio de la Revolución, se llevó a cabo una renovación de las estructuras las fuerzas armadas a todos los niveles, al amparo de la Ley No. 13 del 13 de enero de 1959, que suspendió las leyes orgánicas vigentes para los institutos armados. También fueron depurados cientos de militares, incluyendo los miembros de la Policía Nacional y otros órganos represivos. Además, por Ley, se adaptaron las normas contenidas en el Reglamento No. 1 del Ejército Rebelde –promulgado en la Sierra Maestra el 21 de febrero de 1958.

El papel fundamental que le correspondió desempeñar al Ejército Rebelde en esta etapa fue de carácter político, pues en sus filas cristalizó la unidad de los combatientes revolucionarios de todas las tendencias, y fue factor determinante en la cohesión de la inmensa mayoría de la población en torno al programa del Moncada, y se convirtió en la única fuerza capaz de ejercer el poder político en nombre de las masas trabajadoras.

El papel del Ejército Rebelde y su participación en las transformaciones socioeconómicas del país, se pusieron de manifiesto en el contenido de la Ley No. 100 de 23 de febrero de 1959, mediante la cual se crearon varios departamentos, adscriptos al Ministerio de Defensa Nacional, para el cumplimiento de estas tareas en beneficio del pueblo. Para el logro de dichas medidas se fueron creando, en los casos necesarios, distintas unidades de trabajo que de inmediato emprendieron tareas concretas, donde destaca la construcción de la Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos, en El Caney de Las Mercedes, en la actual provincia de Granma.

Sobre esta idea, ya el Comandante en Jefe, en una comparecencia el día 9 de enero, había expuesto:

"(...) Los institutos armados deben prestar servicios en la paz, servicios al pueblo, servicios de orden técnico. Lo que no hay que tenerlos es ociosos, en cuarteles, ni tenerlos con un plan de machete y un fusil metiéndole miedo a todo el mundo; lo que hay que hacer es verdaderos soldados, que sean ejemplo y que puedan prestarle al país toda clase de servicios (...)".[2]

Por la Ley No. 147 de 10 de marzo de 1959 se creó la Fuerza Aérea Rebelde de Cuba como una institución armada independiente, subordinada al Comandante en Jefe y al Presidente de la República. Su jefe era el comandante Pedro Luis Díaz Lanz. Debido a los elementos reaccionarios que estaban en sus filas y a la traición de su jefe el 29 de junio, fue necesario disolver la misma y destituir y licenciar a dichos elementos. El comandante Juan Almeida fue nombrado al frente de la fuerza aérea, a fin de transformar dicho cuerpo armado.

La Ley Orgánica del Ejército Rebelde, de 1959, en su capítulo 2, establecía la composición de este cuerpo armado: el Estado Mayor y sus dependencias, las Fuerzas Tácticas de Combate, la Fuerza Aérea, la Policía Rural, los Cuerpos, los Servicios Técnicos, las Agrupaciones y las Reservas, incluyendo esta última el Servicio Auxiliar Femenino, los retirados del Ejército Rebelde en situación de disponibilidad y la Reserva Militar.

La creación del MINFAR, el 16 de octubre de 1959, una de las medidas para fortalecer la defensa de la nación.

Las Tablas de Organización de las Fuerzas Armadas, del mes de abril, fueron el patrón para estructurar las Fuerzas Tácticas de Combate en las tres regiones del país: Occidente, Centro y Oriente. Al frente de ellas fueron nombrados, respectivamente, los comandantes Juan Almeida Bosque, Filiberto Olivera Moya y Félix Duque de Estrada, –en junio, al pasar el comandante Almeida a la fuerza aérea, fue sustituido por el comandante Guillermo García–.

A la vez, los antiguos jefes rebeldes comenzaron a recibir instrucción militar a fin de mejorar su preparación, y en septiembre se inició un curso en la Academia Naval con el primer grupo de oficiales para la Marina de Guerra. Cursos similares funcionaron también en la fuerza aérea.

 

En los primeros diez meses del año 1959, el Ejército Rebelde y los demás cuerpos armados de la Revolución se desarrollaron y perfeccionaron. Se introdujeron cambios sensibles en su estructura y composición, que sentaron las bases de la edificación militar en la nueva sociedad. Asimismo, fueron creadas las Fuerzas Armadas Revolucionarias, integradas por el Ejército Rebelde, la Fuerza Aérea Rebelde, la Marina de Guerra Revolucionaria y la Policía Nacional Revolucionaria.

A partir de octubre de 1959 la dirección revolucionaria adoptó nuevas medidas encaminadas a fortalecer la defensa de la nación. Entre ellas figuró la disolución del Ministerio de Defensa Nacional y la creación del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias el 16 de octubre del propio año, como único organismo de la administración central del Estado rector de la política defensiva del país. Para dirigirlo fue nombrado el comandante Raúl Castro Ruz. La formación del MINFAR marcó una nueva etapa en la construcción militar cubana.

El completamiento de las FAR se realizó, a partir de entonces, a través de la incorporación voluntaria de jóvenes obreros, estudiantes y campesinos a sus filas, para cuyo ingreso eran sometidos a duras pruebas y donde recibían adiestramiento en el combate irregular.

No obstante las medidas adoptadas, la dirección de la revolución tenía el convencimiento de que en nuestras condiciones la defensa no podía ser exclusiva de los cuerpos armados, sino que era patrimonio de todo el pueblo. Idea ya planteada desde la lucha en las montañas.

Y en marzo, en una concentración popular frente al antiguo Palacio Presidencial, como respuesta a la petición de los obreros que reclamaban instrucción militar para defender la Revolución, Fidel plantea la necesidad de la creación de las milicias populares voluntarias.

A partir de ese instante comenzaron a constituirse las milicias en centros de trabajo y de estudio  y en zonas  campesinas. A finales de agosto quedó organizado el primer grupo de campesinos, en la región de Pinar del Río. La integraban 12 hombres y trascendió como Los Malagones, quienes después de una brevísima preparación militar de casi un mes, capturó la banda del cabo Lara, en la Sierra de los Órganos, tras solo 18 días de operaciones. También durante los meses de agosto y septiembre se habían constituido unidades serranas en la propia provincia de Pinar del Río que habían capturado a varios grupos contrarrevolucionarios. No obstante, para esta época fueron las unidades de la Policía Rural Revolucionaria y de las fuerzas tácticas las que por lo general actuaron contra las bandas de alzados.

Las acciones contrarrevolucionarias en esos meses aceleraron el proceso de desarrollo de las milicias populares, expresión de la disposición de obreros, campesinos, estudiantes, intelectuales y pueblo en general para defender la Revolución. En la concentración popular del 26 de octubre de 1959, el Comandante en Jefe proclamó oficialmente la constitución de las Milicias Nacionales Revolucionarias (MNR), nuevo cuerpo armado auxiliar del Ejército Rebelde, organizado centralizadamente, a nivel nacional, a partir de los destacamentos de milicianos creados en los sindicatos obreros, asociaciones campesinas y centros de estudio. Poco más tarde esos destacamentos fueron estructurados territorialmente en batallones.

En marzo-abril de 1960 se perfeccionó la organización de las MNR, al crearse los batallones pesados y ligeros. La preparación de estos batallones se llevó a efecto en períodos de quince días, en campamentos destinados a este fin, donde se cumplía un intenso plan de adiestramiento bajo la dirección de veteranos combatientes del Ejército Rebelde.

En agosto de 1960, como resultado de acuerdos concertados con Checoslovaquia y la URSS, comenzaron a llegar las primeras armas procedentes de Checoslovaquia y, a partir de octubre, las remitidas por la URSS.

En medio de esa situación, cientos de veteranos guerrilleros proseguían su superación cultural, y se formaban nuevos cuadros de mando procedentes de las MNR. La Escuela de Responsables de Milicias fue creada a finales de julio en las afueras de la ciudad de Matanzas; su primer curso, iniciado el 17 de agosto,  graduó a 534 nuevos oficiales. Poco tiempo antes había terminado el curso de los primeros cadetes del Ejército Rebelde que se graduaron como oficiales. Con excepción de las unidades de tanques y la artillería pesada, los jefes de los batallones y de las baterías que se creaban eran los oficiales de las MNR.

La asimilación del armamento recién llegado de los países socialistas fue resuelta en plazos increíblemente breves. En la región occidental, en el campamento de Managua, se llevó a cabo la preparación de los tanquistas; en la Ciudad Escolar Libertad comenzó a funcionar la primera escuela de artillería antitanque; en La Cabaña, la de morteros 120 mm que en diciembre fue trasladada para la base aérea de Baracoa, al oeste de la capital; en la Loma del Esperón, la de obuses y cañones de 122 mm, que en diciembre se trasladó para La Cabaña; y en la Base Granma, al oeste del Mariel, la de artillería antiaérea. En la región oriental también se crearon escuelas de morteros de 82 mm y de artillería antiaérea.

Al hacerse evidente la amenaza de invasión enemiga, el Alto Mando de las FAR y la dirección política de la Revolución tomaron todas las medidas necesarias para rechazarla.

En poco tiempo las FAR pasaron de la estructura heredada del antiguo ejército: distritos, regimientos, escuadrones, capitanías y tenencias, a los que se sumaron los batallones de milicias, a la de un ejército regular moderno. Así se crearon los niveles de ejército, cuerpo de ejército, división y batallón. Este proceso llevó a la incorporación definitiva de miles de milicianos a las FAR.

En el segundo trimestre de 1961 se crearon los tres ejércitos: el del Centro el 4 de abril; el  de Oriente, el 21 de abril; y el de Occidente, el 14 de junio. El surgimiento de estas unidades mayores respondió a la concepción operativo estratégica de la defensa contradesembarco del país por tres direcciones principales. Los batallones de las MNR constituyeron la primera reserva de los ejércitos. Al mismo tiempo, se desarrollaron los otros tipos de fuerzas armadas, armas y especialidades militares.

En junio llegaron al país los primeros cazas reactivos, helicópteros y aviones de transporte procedentes de la Unión Soviética. Posteriormente, con la nueva técnica de aviación y con las unidades de artillería antiaérea, se creó la Defensa Antiaérea y Fuerza Aérea Revolucionaria (DAAFAR).

En noviembre de 1961 nació el batallón de la frontera, lo que elevó la capacidad de respuesta de la Revolución en el perímetro de ese enclave militar mantenido por los norteamericanos en nuestro territorio contra la voluntad del pueblo cubano.

En enero de 1962, con la eficiente colaboración de los especialistas militares soviéticos, se implantó el primer programa único de preparación combativa de las unidades y pequeñas unidades, cuyo contenido tuvo en cuenta las características geográficas del país y constituyó otro paso de avance en la preparación de las tropas y en el reforzamiento defensivo del país.

Los Malagones, hombre de firmes raíces patrióticas

Por otra parte, la agresividad de la administración Kennedy, tributó otro enfoque a la vieja Doctrina Monroe, presentando la defensa hemisférica contra el comunismo internacional y su penetración en Cuba, como un asunto continental que debía resolverse bajo el liderazgo norteamericano. En consonancia con esa política, se produjo la expulsión de Cuba de la OEA, en enero de 1962, en Punta del Este, Uruguay.

Como colofón y única alternativa para liquidar a la Revolución, el gobierno de los EE.UU. comenzó a gestar planes de invasión directa a Cuba, en los que se preveía que las fuerzas invasoras debían estar listas para actuar contra Cuba el 27 de octubre de 1962.

En este período se inició la modernización de la Marina de Guerra Revolucionaria, así como se organizaron poderosas unidades de combate directamente subordinadas al Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y al Estado Mayor General, que formaron la Reserva del Alto Mando (RAM).

Con el propósito de incorporar a todo el pueblo a la defensa, en 1962 surgió la Defensa Popular, que tenía entre sus principales misiones, la protección de la población y de los objetivos socioeconómicos, así como otras tareas de defensa civil.

La metamorfosis se había producido. El minúsculo ejército guerrillero, al que Camilo calificara como el pueblo uniformado, había dado paso a unas aguerridas Fuerzas Armadas Revolucionarias, también de honda raíz popular, capaces de disuadir al imperialismo de intentar una nueva aventura.

 

[1] Castro, Fidel. Informe Central al Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba. Ed de Ciencias Sociales, La Habana,1998, pp 178-179.

[2]   Hernández Sánchez, José: "Una Revolución que sabe defenderse". Editora Política, La Habana, 1988, p. 4.